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Malas interpretaciones del Japon y de los japoneses

Por: dani77

Desde hace cuarenta años he estado tratando de explicarles a mis amigos estadounidenses que ellos interpretan mal el Japón. No he tenido mucha suerte. El primer reto es explicarles lo que todo empleado público japonés entiende perfectamente: que a pesar del milagro económico del país después de la Segunda Guerra Mundial, el Japón no ha tenido una política económica; lo que ha tenido es una politica social.
Cuando empecé a trabajar con el gobierno japonés y con hombres de negocios japoneses, en los primeros años 50, el Japón no solamente era un país destrozado por la guerra sino también una sociedad increiblemente frágil. La mitad de la población vivía de la tierra, y había un número demasiado alto de tenderos pequeños y fábricas pequeñas con unas pocas docenas de empleados y de maquinaria de antes de la Primera Guerra Mundial.
La política que el país adoptó en ese tiempo fue evitar todo riesgo social - proteger a la sociedad nacional, especialmente el empleo local, y, al mismo tiempo, impulsar unas pocas industrias preparadas cuidadosamente para aprovechar oportunidades de exportación. Nadie creía que las exportaciones pudieran producir suficientes divisas para pagar los alimentos importados y las materias primas, de los cuales depende esa isla.
El Japón sigue siendo hoy el mayor importador mundial de alimentos y productos básicos, pero sus características funda-mentales demográficas, sociales y políticas de hace cuarenta años están cambiando rápidamente. De las decenas de millares de tiendas pequeñas, muchas son ahora concesionarias de grandes cadenas como 7-Eleven y Kentucky Fried Chicken. Sólo un 5 por ciento de los habitantes se ganan la vida como agricultores.
El grupo nuevo más numeroso, aunque todavía no es la mayoría, lo constituyen personas que no existían siquiera en 1954: empleados de clase media instruidos, asalariados. Politicamente están disponibles para cualquiera. En las últimas elecciones votaron por los demócratas liberales, no porque simpatizaran con ellos sino porque la oposición tenía menos prestigio aún. En los próximos diez a veinte años, el gran problema político y económico será encontrar un nuevo consenso. Ya desapareció la necesidad de políticas que protegieran a la sociedad japonesa, y, en realidad, esas políticas han dejado de ser populares entre los consumidores, porque los nuevos grupos dominantes no consideran que necesitan protección. Lo que se necesita hoy es una política realmente económica.
Si los estadounidenses no entienden los cambios fundamentales que e.3tán transformando al Japón, no pueden comprender el tan lamentado déficit de su balanza comercial con aquel país - o saber si el Japón es en realidad la amenaza que nos quieren hacer creer algunos individuos en Washington.

Pese a todos los titulares relativos al superávit de la balanza comercial del Japón, yo no conozco a un solo japonés en una posición gubernamental o académica de responsabilidad que crea eso. El superávit de exportación es un espejismo. Existe en el papel, pero en ninguna otra parte.
Indudablemente, algunas de nuestras industrias van a la zaga de las japonesas; pero el déficit de la balanza comercial de los Estados Unidos con el Japón no tiene casi nada que ver con las manufacturas, por grande que sea el poderío industrial japones. El superávit comercial de ese país es en gran parte el resultado de los bajos precios de las materias primas y los alimentos que rmporta.
Durante diez años ha habido una gran superproducción de petróleo, con gran beneficio para el Japón, que importa todo el que consume. En las naciones desarrolladas, la productividad agrícola ha aumentado en forma espectacular en los últimos cuarenta años, mientras que el consumo de alimentos no está subiendo. La gente no come más a medida que se enriquece; por el contrario, compra revistas que le dicen cómo comer menos.
También se han beneficiado los japoneses porque los alimentos y los productos básicos, con sus bajos precios, se negocian en dólares, y, desde 1985, el dólar ha sido devaluado, a veces hasta en un 50 por ciento, frente al yen. Como resultado de estos diversos factores, los japoneses pagan poco más de una tercera parte de lo que podría llamarse el valor "normal" de los alimentos y las materias primas que importan.
Sin embargo, desde el punto de vista japonés, silos precios suben algún día, les costará trabajo conseguir suficiente moneda extranjera para pagar dichas importaciones. Y hay buenas probabilidades de que en los próximos años - no para siempre, pero durante algún tiempo - los precios mundiales de los alimentos se disparen. ¿De dónde va a salir la comida para alimentar a Europa Oriental, donde ya es grande la escasez de víveres y aumenta día por día?
Conforme alimentemos al declinante imperio soviético, los excedentes alimenticios del mundo libre irán disminuyendo en el curso de los próximos cinco años. Los japoneses, con toda razón, ven la necesidad de una política que se base en mantener su actual superávit de exportación. Tal vez los precios de los alimentos se mantengan bajos. Tal vez el petróleo siga siendo comprable. Pero ¿y si no? Ese es el gran temor del Japón.

A riesgo de parecer totalmente absurdo, siempre he considerado las negociaciones comerciales entre los Estados Unidos y el Japón como una comedia de títeres. El que piense que los japoneses no compran artículos extranjeros no tiene sino que entrar en cualquier tienda de Tokio. Allí no verá otra cosa que artículos de marcas extranjeras... sólo que son hechos en el Japón. ¿Se imagina alguien que la IBM va a despachar computadores al Japón cuando la IBM-Japón controla el 40 por ciento del mercado japonés y es una de las divisiones más rentables de la IBM? ¿O que Coca-Cola va a exportar cosa alguna al Japón?
Así, pues, yo nunca he visto ese mito de un gran mercado japonés que está por explotar. Cuando me siento a hacer cuentas con un lápiz bien afilado y calculo cuánto más podría comprar el Japón - con su superávit de 50000 millones de dólares anuales - obtengo un máximo de 5000 millones de dólares.
Estamos tan hipnotizados con el superávit comercial que no vemos cuánto ha llegado a depender el Japón de los Estados Unidos. En la historia económica, el punto en que la dependencia de una nación de un solo mercado se vuelve peligrosa es alrededor del 25 por ciento. El Japón ha sobrepasado ese punto con los Estados Unidos, que compran más del 40 por ciento de las exportaciones japonesas.
Ahora bien, si uno tiene un superávit comercial de 50000 millones de dólares, quizá pueda llevarse a casa una pequeña porción en bienes. Pero ¿qué hace con el resto del dinero? ¿Tirarlo al mar? Tiene que invertirlo.
Como los japoneses saben que comprar activos reales estadounidenses - compañías de cine, edificios en Manhattan, etc. - implica un gran riesgo político, casi lo único que pueden comprar son bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Y aquí los tenemos en un puño. Porque si fueran a retirar su dinero, como lo temen muchas personas, precipitarían un gran asedio del mercado, y el dólar podría bajar a 100 por yen, lo cual sólo los perjudicaría a ellos.
Nosotros quizá ni sentiríamos los efectos, pero los japoneses perderían una buena cantidad de dinero. Según el viejo dicho: Si usted le debe al banco 10000 dólares, el banco es dueño de usted; pero si usted le debe al banco 1 millón de dólares, usted es dueño del banco. En este sentido, los Estados Unidos son dueños del Japón; o por lo menos, los japoneses dependen de este país mucho más de lo que quisieran.
El año pasado, el presidente de la junta directiva de Sony, Akio Monta, y un ex ministro del gabinete y político nacional, Shintaro Ishihara, irritaron a muchos estadounidenses con un libro publicado en el Japón: The Ja pan that Can Say No. La premisa era que la supuesta superioridad tecnológica japonesa ha hecho a los Estados Unidos dependientes del Japón.
Uno de los ejemplos más divulgados fue que si el Japón suspendiera los despachos de determinada microficha a este país, nosotros tendríamos que suspender la fabricación de un importante proyectil teledirigido. La verdad es que la mayor parte de las microfichas para ese proyectil las hacemos aquí, y que tardaríamos unas seis semanas en producir las demás, si el Japón suspendiera su despacho. Sabemos hacer las microfichas. Es una cuestión de precio, no de capacidad técnica.
Ese mismo político, Shintaro Ishihara, reconoció el peligro de depender de un solo mercado en los años 60, y, de hecho, dijo que el Japón necesitaba un flotador del lado izquierdo para equilibrar su canoa del lado derecho. El fue el que inició la agitación por aumentar las inversiones del Japón en la China, lo cual ha sido un desastre total, no por razones políticas sino económicas.
Algunos tratamos de decirle que ningún país subdesarrollado ha sido nunca un mercado satisfactorio para los bienes de uno desarrollado. La primera que aprendió esta lección fue Inglaterra, con respecto a la India en el siglo diecinueve. Ishihara no nos quiso escuchar, pero ha resultado cierto. Toyota, por ejemplo, despachó 6032 vehículos a la China el año pasado; a los Estados Unidos envió más del doble de esa cantidad por semana.
Al mirar a Europa en busca de posibles mercados, los japoneses ven graves obstáculos. Las industrias en que ellos son más fuertes son aquéllas en que Europa tiene el mayor exceso de capacidad y un increíble exceso de empleados. Sin contar a Europa oriental, aún quedan casi un millón de personas de sobra en la industria siderúrgica europea. La industria de automóviles y la de bienes electrónicos de consumo también tienen mucha más capacidad que demanda para sus productos. Y así, en una época en que el mercado europeo se está integrando rápidamente, ven a los japoneses como una gran amenaza externa.
¿Cómo van a hacer los japoneses para integrarse en la economia mundial en la cual - a causa de cambios políticos internos y de fuerzas externas - ya no pueden continuar las estrategias de los últimos cuarenta años? La necesidad de proteger a la sociedad ha desaparecido en el Japón, y encuentra, en realidad, fuerte resistencia de los importadores. Forzar más exportaciones al Occidente ya no es una opción viable.
¿Será preciso formar un bloque asiático oriental? ¿Y cómo se hace esto con países de un desarrollo social y económico tan increiblemente dispar como, por ejemplo, el Japón y Tailandia? ¿Se puede lograr sin las ciudades de la costa china? ¿Asia sudoriental se va a dejar convertir en dependiente del Japón, considerando los escalofriantes recuerdos de los años 30, que están aún muy vivos en la China, en Corea, en Indonesia y en Tailandia?
Si la China se vuelve a fraccionar en regiones controladas por diversos magnates económicos, lo cual no se puede descartar, entonces sí veríamos un bloque asiático oriental organizado en torno al Japón. No sería fácil, por las tensiones que hay entre esos dos pueblos y sus culturas, pero yo creo que la carta china de Ishihara podría entrar finalmente en juego. Sin embargo, mientras subsista una China comunista unificada, el Japón tiene que mirar al Occidente.
Un rumbo muy radical sería que el Japón girara 180 grados y se convirtiera en el líder de un comercio mas libre" (no digamos libre comercio, cosa que no existe sino en los libros de texto> y obtuviera el apoyo de los Estados Unidos para tratar de impedir un proteccionismo impuesto por Europa. La sociedad japonesa se acomodaría a esto.
Esto exigiría básicamente que el Japón olvidara los cuarenta años en que su política fundamental fue no correr jamás un riesgo social ni exponer las industrias protegidas al riesgo de la competición. Si uno es una de las grandes corporaciones como Sony o Toshiba o Toyota, que han demostrado su capacidad para competir en el mercado mundial, puede estar dispuesto a correr tal riesgo; podría ser la única manera de conservar el acceso al mercado de los Estados Unidos y obtener acceso a Europa.
Con los japoneses, hay una cosa segura: detrás de la política de "tomar las cosas con calma, de ir paso a paso", hay un proceso de la más seria deliberación. Nadie está tomando tan buenas decisiones como los japoneses.

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