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La pobreza de la teoria económica

Por: dani77

¿Qué crea riqueza? En los últimos 450 años los economistas, o bien se han desentendido de la cuestión, o bien le han buscado respuestas fáciles o han menospreciado las evaluaciones anteriores; pero nosotros tenemos algo que aprender de todas las interpretaciones.
La primera generación de economistas, los mercantilistas, decían: “la riqueza es poder adquisitivo". Su meta era aumentar la riqueza monetaria acumulando metales preciosos y mediante una balanza comercial favorable. Otra teoría afirmaba que la riqueza no la crea el hombre sino la naturaleza; que la tierra es la que crea riqueza.
Un tercer grupo de teóricos relacionaban la riqueza con el hombre. "La riqueza", decían, "es creada por el esfuerzo humano". Este principio señaló el comienzo de la economía como una disciplina porque puso la riqueza en relación con algo creado por el hombre. Y, sin embargo, eso era totalmente insatisfactorio. No servía para predecir ni analizar nada.
Hace poco más de cien años, el campo de la economía se bifurcó. La corriente principal sencillamente abandonó la búsqueda de una respuesta al interrogante de la creación de la riqueza, se hizo puramente analítica, y dejó de relacionar la economía con la conducta humana. La economía era una disciplina que gobernaba el comportamiento de los bienes económicos. Es una ironía que el análisis es el fuerte de la economía contemporánea, pero también explica por qué el público en general se aburre de lo lindo con ella. Ella no le dice nada porque no tiene base en el valor.

Otra respuesta equivocada

Karl Marx comprendió esta falla, y creó la teoría laboral del valor. "Economía marxista" es una contradicción de términos, pues no tiene ningún poder analítico ni de predicción, pero tiene un atractivo enorme precisamente porque se basa en un valor. Define a los creadores de riqueza - los seres humanos, el trabajo. Y sin embargo, sabemos que también es una respuesta equivocada.
Así, pues, durante los últimos cien años hemos tenido para elegir entre una economía que tiene gran poder analítico pero ninguna base en el valor, y una economía que no era economía en absoluto sino un sistema basado en el ser humano. Hoy hemos llegado a un punto en que al fin es posible salvar ese vacío, un punto en que podemos comenzar a entender el enfoque correcto, sino la respuesta correcta. Hoy sabemos que el origen de la riqueza es algo específicamente humano: el conocimiento. Si aplicamos conocimiento a las tareas que ya sabemos ejecutar, lo llamamos "productividad"; si lo aplicamos a tareas que son nuevas y distintas, lo llamamos "innovación". Sólo el conocimiento nos permite alcanzar esas dos metas.

Tradición de trabajo

Esto no fue siempre cierto. Hace doscientos años, cuando Adam Smith escribió sobre "la tradición del trabajo", sus ejemplos eran personas de lo que es hoy Alemania central, las cuales, a causa de sus fuertes inviernos con grandes cantidades de nieve, aprendieron a labrar la madera y a hacer relojes y violines. Se necesitan doscientos años para crear una tradición como ésa, dijo Smith, excepción hecha del caso raro de refugiados o inmigrantes que le aportan sus habilidades a una comunidad.
Ciertamente, este fue el caso cuando los Estados Unidos ganaron su independencia. Todo cónsul estadounidense tenía a su disposición fondos secretos ilimitados (esto probablemente significaba 180 dólares) para sobornar a un artesano inglés y conseguirle documentación falsa, a fin de que viniera a este país a enseñarnos a construir maquinaria textil y a teñir algodón. Así fue como Nueva Inglaterra se hizo una potencia industrial hacia 1810.
Sin embargo, durante el siglo diecinueve, el sistema de aprendices (invento alemán) redujo los 200 años a cinco, y en el diecinueve la capacitación (invento americano) redujo los cinco años a seis meses, e incluso a noventa días. Nosotros inventamos la capacitación durante la Primera Guerra Mundial porque no teníamos tradición laboral. Después de la Segunda Guerra Mundial, nuestro invento se extendió a todo el mundo, lo cual explica en parte por qué las naciones ya no pueden competir a base de tradición laboral.

Aprendizaje y conocimiento

Ciertamente, hasta hace poco, la manera más rápida de ganarse decentemente la vida una persona en un país desarrollado era hacerse operario semicalificado de una máquina. A las seis semanas probablemente le pagaban más que a un profesor asociado, por no hablar de un decano adjunto. Pero eso ya pasó. Hoy un individuo de clase media sólo se puede ganar la vida mediante el aprendizaje y el conocimiento.
(Piénsese que hace treinta años en Corea no había una sola persona que tuviera ninguna tradición de habilidad u oficio, así fuera porque durante cincuenta años el Japón no les permitió a sus vecinos adquirirla. Hoy Corea puede hacer casi cualquier cosa que haga un país industrial, gracias a la capacitación.)
Desde luego, reconocer que el conocimiento es la fuente de la riqueza tiene consecuencias importantes para la economía, que hoy se encuentra en un callejón sin salida. La economía era antes una disciplina agradable porque era muy humilde. En 1925, si alguien le hacía una pregunta a un economista, éste contestaba: "No sé"; lo cual es por muchos aspectos una respuesta razonable. (Por lo menos es modesta.) Y enseguida decía:
"No sabemos, y, por consiguiente, la manera inteligente de proceder es hacer lo menos posible, y rezar. Mantener los impuestos bajos, los gastos bajos, y rezar".

Nueva filosofía

Pero mi generación de economistas se hizo arrogante, en gran parte como resultado de un desempeño increíble durante la Primera Guerra Mundial. En términos militares, esa guerra batió la marca de desempeño ineficiente, pero la realización civil fue increíble. En diciembre de 1914, todas las naciones estaban en quiebra, y según las reglas tradicionales del juego, debían haber dejado de pelear. Pero siguieron matándose los unos a los otros durante cuatro años más, gracias a que los administradores civiles fueron increiblemente competentes. Y esa competencia nos corrompió y nos produjo delirios de grandeza.
Cuando llegó 1929, surgió súbitamente la curiosa idea de que el gobierno debía ser capaz de hacer algo por la economía. Eso no se había oído decir en absoluto en épocas anteriores, pero se convirtió en una exigencia popular, parecida al interrogante:
"Si pueden llevar un hombre a la Luna, ¿por qué no pueden hacer nada contra el SIDA?" Y entonces vimos aparecer una economía que tenía todas las soluciones.
Keynes tenía la solución: Para cualquier mal que nos aqueje, el remedio no es sino crear más poder adquisitivo. Milton Friedman, quizá el último sobreviviente de la gran generación, refinó la tesis diciendo: "Ni siquiera hay que hacer eso. Basta con ver que la oferta de dinero aumente". Para los partidarios de la economía de la oferta era más fácil aún: bastaba con rebajar los impuestos. ¿Qué cosa puede haber mejor o más agradable?

Fin de la euforia

En el siglo diecinueve se llamó a la economía "la ciencia triste" porque constantemente nos obligaba a elegir, y siempre teníamos que privarnos de algo. Súbitamente, se convirtió en la ciencia eufórica. Y ciencia eufórica ha sido desde hace cincuenta años; pero créanmelo: Eso ya se acabó.
La economía no ha funcionado. Todo lo que hemos ensayado ha fracasado; es más, los supuestos básicos de las teorías económicas modernas son irrazonables e inválidos. Todos ellos dan por sentado que el Estado soberano está solo en el mundo y puede controlar su destino. Si las cinco o seis principales naciones industriales sencillamente convinieran en entregarle su política económica a un zar, un comisario o un organismo común, la teoría económica funcionaría. Pero lo probable es que tal cosa no suceda; mil veces más probable sería ganarse un millón de dólares en una máquina tragamonedas de Las Vegas.
Igualmente, la mayoría de los economistas suponen, contra toda evidencia, que la velocidad de rotación del dinero es un hábito social y es una constante. En 1935, cuando el gobierno de los Estados Unidos puso a prueba por primera vez esta teoría, llenándonos a los estadounidenses los bolsillos de poder adquisitivo, nosotros no gastamos; guardamos. Al año siguiente, la economía se derrumbó, y la situación fue mucho peor que en 1930 o 1931 porque el público saboteó la política económica. Lo mismo ocurrió en el gobierno del señor Carter y en el del señor Reagan. La velocidad de rotación del dinero es tan caprichosa como las modas de los adolescentes, y hasta menos predecible.
Teoría inválida
En el fondo, la teoría macroeconómica no le puede servir de base a la política económica porque nadie sabe qué va a suceder. El señor Reagan subió al poder prometiendo reducir el presupuesto, pero los gastos del gobierno jamás han subido tan rápidamente en la historia de ningún país. No traicionó la confianza que se depositó en él; políticamente no tenía alternativa. Los dirigentes políticos no tienen una teoría económica en que puedan confiar, hecho que escapa a muchos hombres de negocios.
La economía de mañana debe hacer lo que los economistas no han podido hacer integrar los ámbitos de lo nacional y lo mundial. (Obsérvese el empleo de la palabra mundial en vez de internacional. Internacional implica economías que están fuera del dominio nacional; las economías mundiales están "dentro".)
La economía de mañana debe contestar también el interrogante: ¿Cómo relacionamos la forma en que dirigimos un negocio con los resultados? ¿Y qué son los resultados? La respuesta tradicional - las utilidades - es engañosa. Con la filosofía de las utilidades no podemos poner en relación el corto plazo con el largo plazo, y, sin embargo, el equilibrio entre los dos es la prueba definitiva de la administración.

Dos indicadores

Los fanales de productividad e innovación tienen que ser nuestra guía. Si logramos utilidades a costa de rebajar la productividad o de no hacer innovaciones, no son utilidades. Estaremos destruyendo el capital. Por otra parte, si continuamos mejorando la productividad de todos los recursos claves y nuestra posición innovadora, seremos rentables. No hoy, sino mañana. Viendo el conocimiento aplicado al trabajo humano como la fuente de la riqueza, vemos también la función de la organización económica.
Por primera vez contamos con un enfoque que hace de la economía una disciplina humana y la relaciona con valores humanos, una teoría que le da al hombre de negocios una medida para determinar si sigue moviéndose en la dirección adecuada y si sus resultados son reales o ilusorios. Nos hallamos en el umbral de la teoría posteconómica, basada en lo que sabemos actualmente y en lo que entendemos sobre la generación de la riqueza.

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