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"¿Por qué tiene tanto éxito el Japón?" es hoy el tema más candente de discusión. Pero poco se habla del costo del capital en el Japón. Las compañías estadounidenses y otras del Occidente pagan entre un 10 y un 15 por ciento por el dinero, sea en forma de préstamos a corto plazo, en deuda fija o en acciones de capital. Las grandes firmas japonesas han venido pagando el 5 por ciento, a lo sumo. Y una ventaja del 200 al 300 por ciento en costo del capital es casi invencible. Ni la "cultura" ni la "estructura" - factores que generalmente se invocan para explicar el éxito del Japón - son el origen del bajo costo del capital. La ocupación estadounidense se lo proporcionó a los japoneses hace cuarenta años. Es de conocimiento general que la tasa de ahorro en el Japón es el doble de la tasa de los Estados Unidos, y es, ciertamente, la más alta del mundo desarrollado. Pero pocos historiadores observan que antes de la Segunda Guerra Mundial el Japón tenía una de las tasas de ahorro más bajas entre los grandes países. Después de la derrota, esa tasa bajó más aún mientras la inflación y la violenta pugna laboral devoraban rápidamente los ahorros que habían sobrevivido a los impuestos confiscatorios y a la destrucción de la guerra. Con sus ciudades y sus fábricas reducidas a escombros, el país requería inversiones masivas de capital, pero no había posibilidad de tomarlo prestado en el exterior ni existía un Plan Marshall. En esa crisis, los Estados Unidos llevaron a un banquero de Detroit, Joseph Dodge, en calidad de asesor económico de la Ocupación. Dodge vio que sólo un cambio radical en una economía impulsada por la inversión podía evitar el desastre. Entonces propuso un fuerte aumento de tarifas tributarias aun para los ingresos relativamente bajos; y hasta el día de hoy, las tarifas de impuestos, especialmente las marginales sobre las grandes rentas, son bastante más altas en el Japón que en los Estados Unidos. Además, propuso una exención total de impuestos para los intereses sobre depósitos en las cajas postales de ahorros hasta el monto de 3 millones de yenes por persona. Los expertos clamaron En 1950, 3 millones de yenes apenas equivalían a un poco más de 8000 dólares, pero en el Japón ésa era una suma astronómica: veinticinco veces el ingreso anual del japonés medio, y más de lo que ganaba cualquiera en un año, salvo el 2 por ciento más alto de la población. Todos los expertos pusieron el grito en el cielo: los japoneses, por la horrorosa pérdida de renta por impuestos que sufría un fisco ya castigado por el déficit; los estadounidenses (y en especial los economistas y políticos "liberales" de Washington), por el horroroso regalo que se les hacía a los ricos. Pero Dodge logró persuadir de la bondad de su plan a un joven y nuevo ministro de hacienda japonés, Hayato Ikeda (que luego seria primer ministro). Ikeda hizo que aprobaran el plan el gabinete, que era escéptico, y la Dieta, que era abiertamente hostil. La inflación desapareció a las pocas semanas. Seis meses después, la tasa de ahorro empezó a subir y continuó subiendo. La renta fiscal por impuestos también empezó a subir casi inmediatamente. Y en 1988, cuando se abolieron las cuentas exentas de impuestos por haber cumplido ya su cometido, prácticamente todo japonés - pobre, de ingreso mediano o rico - tenía una cuenta de este tipo. (Algunos tenían hasta veinte; no se había hecho caso del límite de una cuenta por persona.) La mayor concentración de cuentas exentas de impuestos se encontraba entre los contribuyentes de ingresos relativamente bajos. Estos ahorros financiaron el crecimiento explosivo de la economía japonesa y el esfuerzo de exportación, y explican igualmente por qué el Japón a pesar de su rápido crecimiento no ha tenido que endeudarse en el exterior - hecho casi sin precedentes en la historia económica. Desde luego, los ahorros exentos de impuestos explican el bajo costo del capital y la poderosa ventaja competitiva que éste le dio al país. Pero el hecho de que la economía impulsada por la inversión funcionara en el Japón, no es tan importante como el hecho de que la alternativa estadounidense e inglesa - la economía impulsada por el consumo - no ha dado los resultados prometidos: inversión y bajos costos del capital. Sin embargo, la economía impulsada por el consumo todavía domina la teoría económica y la política económica de los Estados Unidos y del Reino Unido. A pesar de sus diferencias, los keynesianos, los monetaristas y los partidarios de la economía de la oferta aceptan todos unos pocos postulados keynesianos básicos: que el "superahorro" es un peligro constante que produce subconsumo y depresión. Por tanto, el ahorro no se debe estimular, y al contrario, se podría penalizar sin riesgo. Si el consumo impulsa la economía, la inversión productiva necesaria vendrá por añadidura. El aumento del consumo creará demanda para nueva producción remunerativa y capacidad productiva. Actuará como el "multiplicador" de la inversión. Así, pues, fomentar y promover el consumo generará automáticamente tanto el alza de ingresos como la alta formación de capital. Que estos postulados adolecen de graves fallas lo vieron inmediatamente desde mediados de los años 30 eminentes economistas como Lionel Robbins, de la Escuela de Economía de Londres, y Joseph Schumpeter, de Harvard. Ellos demostraron que jamás se ha documentado un superahorro. Ni existe la menor evidencia de que, como lo sostenía John Maynard Keynes, el superahorro hubiera sido la causa de la Gran Depresión. Peor aún: la propia teoría de Keynes excluye el multiplicador del cual depende su economía impulsada por el consumo, pues en el fondo de toda su teoría se halla el postulado de que los hombres de negocios invertirán únicamente si tienen "confianza", la cual en la teoría keynesiana es función de los bajos tipos de interés y bajos costos del capital. No estimular el ahorro, por no hablar de desestimularlo, tiene que hacer subir los tipos de interés y, por tanto, minar la confianza. La tesis de la economía impulsada por el consumo triunfó, aunque principalmente en los países de habla inglesa, porque se ajustaba en forma perfecta al sentimiento político de postguerra: se pensaba que penalizar el ahorro "golpeaba a los ricos", mientras que promover el consumo "repartía la riqueza". Políticamente el mismo Keynes era un poco lo que hoy llamamos un "neoconservador" (entonces se llamaba un "Liberal", con mayúscula). No tenía sino desprecio para los progresistas y los "corazones sangrantes"; pese a lo cual, por magnífica ironía de las cosas, los progresistas aceptaron sus teorías y las impusieron. Esas teorías le dieron legitimidad a su posición política. Sin embargo, hoy sabemos que fomentar el ahorro no favorece a los ricos. Todos los países que les han otorgado exenciones tributarias o impuestos diferidos a los ahorros han tenido la misma experiencia que el Japón: las personas de ingresos medianos o bajos son las que aprovechan más estas oportunidades. Tal ha sido el caso, por ejemplo, con las escasas concesiones de impuestos diferidos al ahorro en los Estados Unidos (por ejemplo, en las cuentas individuales de jubilación o en los planes Keogh). También sabemos que una economía impulsada por el consumo no "distribuye la riqueza". Hay mucha más igualdad de ingresos en el Japón, impulsado por la inversión, que en los Estados Unidos o en Inglaterra, impulsados por el consumo. Además, los ingresos tributarios son mayores a los pocos años cuando se apoya el ahorro, aunque esto no quiera reconocerlo la Oficina de Recaudación de Rentas. Hemos aprendido en los cuarenta años transcurridos desde los tiempos de Joseph Dodge que en un país desarrollado nada funciona mejor que la evasión legal de impuestos. Las cuentas exentas en el Japón producían intereses irrisorios - nunca más de un 2 por ciento anual - y, a pesar de eso, el público estaba encantado con ellas. En los Estados Unidos, el ahorro monetario en las cuentas de jubilación y en los planes Keogh para individuos que trabajan por cuenta propia suele ser más nominal que real, y, sin embargo, son siempre muy populares. Abogados y contadores son testigos de que la gente se acoge a los más dudosos "refugios tributarios" con tal de burlar al recaudador de impuestos. La "incidencia" de los impuestos En otras palabras, sabemos cómo se podría fortalecer la infeliz tasa de ahorros en los Estados Unidos y cómo bajar el prohibitivo costo del capital. Es menos cuestión del nivel que de la incidencia" de los impuestos - como dicen por eufemismo los economistas para referirse a la oportunidad de evitar legalmente el impuesto. Y sabemos también que Keynes tenía razón cuando afirmó que el alto costo del capital destruye la confianza e inhibe la inversión. Pocas inversiones reditúan lo suficiente como para recuperar costos de capital del 15 por ciento; pero muchas bien pueden manejar un 5 por ciento, que es lo que pagan los japoneses. Existen, sin duda, profundas diferencias entre la sociedad japonesa y la del Occidente, especialmente la de los Estados Unidos; pero no hay nada que puedan hacer los Estados Unidos, o el Occidente como un todo, con respecto a tales diferencias. En cambio, sí podemos hacer mucho por eliminar, o suavizar al menos, la enorme desventaja competitiva que sufrimos frente al Japón por nuestro costo prohibitivo del capital. Este no es un problema "estructural"; es el resultado de una tasa inadecuada de ahorro causada principalmente por nuestro empeño en seguir creyendo en una economía impulsada por el consumo, contra nuestra propia experiencia y contra toda evidencia.
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