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Ayudar a la América Latina y ayudarnos a nosotros mismos

Por: dani77

Ayudar a la América Latina y ayudarnos a nosotros mismos

¿Quién necesita de América Latina? "Nosotros no", dice la mayoría de 105 hombres de negocios norteamericanos; pero ésta es una respuesta equivocada. La América Latina, y no el Japón, es la que tiene la clave del déficit comercial de los Estados Unidos.
La industria de los Estados Unidos puede tener muchas fallas - y de hecho las tiene - pero no adolece de "falta de competitividad internacional". Desde que se corrigió la sobrevaluación del dólar, hace unos cinco años, su desempeño ha sido estelar, especialmente en la exportación a Europa occidental y al Japón. A pesar de que muchos exportadores industriales
- Corea del Sur, el Brasil, Taiwán, Singapur - adquirieron una alta posición en el comercio mundial, los Estados Unidos han recuperado su participación en las exportaciones de productos manufacturados que tenían antes de la supervaluación -una participación tan grande como nunca, excepción hecha del período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Tampoco se puede achacar a "exceso de importaciones" el déficit comercial de los Estados Unidos. La importación de bienes manufacturados representa apenas el 9 por ciento de su producto interno bruto, o sea una proporción menor de éste que la de cualquier otro país desarrollado, con excepción del Japón. Y los japoneses están "contratando por fuera" en una forma tan activa que la proporción de productos manufacturados importados en su PIB probablemente igualará a la de los Estados Unidos a la vuelta de cinco años.
¿Qué explica entonces el gran déficit de la balanza comercial de los Estados Unidos? Lo que más ha influido en ella es el colapso de la economía de productos alimenticios y materias primas en el pasado decenio.

El mayor productor mundial

Los Estados Unidos son el mayor productor y exportador mundial de productos agrícolas y forestales, y más o menos una tercera parte de su déficit comercial es directamente atribuible al colapso en los precios y en la demanda de éstos. Otra tercera parte, aproximadamente, se debe al impacto de la depresión de las materias primas en la América Latina, que tradicionalmente había sido uno de los mejores clientes extranjeros para los manufactureros de los Estados Unidos. Ciertamente, en la mayoría de los países latinoamericanos las manufacturas estadounidenses constituían la mitad, o más, del total de sus importaciones de bienes industriales. (Digamos de paso que la mayor parte del superávit de exportaciones del Japón no se debe tanto a su fortaleza industrial como a la depresión de las materias primas; el Japón, el mayor importador mundial de materias primas, es el mayor beneficiario.)
El déficit comercial de los Estados Unidos no se puede eliminar aumentando sus exportaciones de manufacturas a Europa occidental y al Japón. En realidad, si el Japón abrogara todas las restricciones a las importaciones de los Estados Unidos, las exportaciones estadounidenses aumentarían a lo sumo en 5000 millones de dólares - contra un déficit comercial de 50000 millones con el Japón. Y los Estados Unidos se van a ver en aprietos para mantener el actual volumen de exportaciones al mundo desarrollado en los años venideros, cuando la competencia manufacturera mundial seguramente se va a intensificar.
Tampoco es razonable esperar que las exportaciones de alimentos vuelvan a ser lo que fueron. Durante unos pocos años puede presentarse un fuerte aumento de la demanda para aliviar la gran hambre que afligirá casi seguramente al bloque soviético; pero la ayuda alimentaria en una escala masiva sólo se puede sostener unos pocos años. Sin embargo, el déficit comercial de los Estados Unidos no puede continuar indefinidamente, y quizá ni siquiera durante unos pocos años más.
Los intereses sobre la deuda contraída con nuestros proveedores ya sobrepasan en mucho nuestra capacidad para ganar divisas extranjeras para pagarlos. Aunque los acreedores extranjeros pueden convertir en activos en los Estados Unidos sus acreencias en dólares, es decir, comprando negocios o bienes raíces (y los economistas consideran que esto no es perjudicial y quizá sea beneficioso), es claro que desde el punto de vista político esto no será tolerado.
Sólo hay, en realidad, dos maneras de reducir el déficit comercial. En la forma tradicional pero equivocada, una aguda recesión reduce el consumo interno en un 10 por ciento, más o menos. La alternativa es un renacimiento de la América Latina como cliente para las manufacturas de los Estados Unidos.
Mucho más fácil sería revitalizar a la América Latina que a Europa oriental, región ésta a la cual se ha prestado más atención. La América Latina alberga a 300 millones de personas, casi tantas como el bloque soviético; y, en contraste con éste, se alimenta a sí misma y tiene un buen excedente tanto de víveres como de materias primas industriales. En los países mayores se encuentra una excelente oferta de ingenieros bien preparados, empresarios, contadores, economistas y abogados. Y no tuvieron que hacerse eunucos morales para obtener su educación o desempeñar un empleo decoroso.
Tampoco es necesario "reeducar" a la gente en la América Latina para que actue en una economía libre. Hasta que sufrieron el golpe de la depresión de las materias primas, los latinoamericanos trabajaban eficientemente en una economía de mercado y participaban en un rápido crecimiento económico. Además, existe una enorme demanda represada de bienes de todas clases.
Finalmente, la América Latina, a diferencia del bloque soviético, tiene una adecuada oferta de capitales. En realidad, probablemente tiene tres veces más capital que deuda externa, y acaso más. Lo único malo es que ese capital no está en la América Latina. Ha sido expulsado sistemáticamente - y a veces deliberadamente - por la política de los gobiernos.
Pero si se pudiera atraer y repatriar para inversión productiva el dinero que hoy está en Miami y Nueva York, en Zurich y en Ginebra (y también debajo del colchón de casi todas las familias latinoamericanas, salvo las más pobres>, todos los países latinoamericanos, quizá con excepción de los más pequeños y pobres, dispondrían de todo el capital que necesitan para un rápido crecimiento económico. Los poseedores de estos capitales estarían deseosos y aun ansiosos de invertir su dinero en su patria, siempre que los gobiernos dejaran de expropiar los ahorros y la inversión mediante la inflación y los impuestos punitivos, y si no siguieran descorazonando la inversión productiva por estar otorgando monopolios a empresas militares y gubernamentales. Como resultado de estas políticas, hasta los limpiabotas de Buenos Aires y San Pablo quieren que les paguen en dólares.
Lo que hay que hacer está bien claro: Detener la inflación cerrando la espita de los gastos gubernamentales; desmontar los monopolios grandemente recargados de personal e improductivos de propiedad del gobierno o de los militares (sobre todo en el Brasil y en la Argentina) o en poder de los paniaguados políticos del gobierno y los parientes de los ministros (especialmente en México); recortar las tarifas nominales excesivas de impuestos que desaniman a la empresa honrada, pero aumentar la recaudación real de las contribuciones.
Que estas cosas se pueden hacer, y sin catástrofe política, se ha demostrado en dos de los países más pequeños: en Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet, y en la (razonablemente) democrática Bolivia. Hoy hay en toda la región una demanda generalizada de volver a la sensatez.
México ha dado algunos pasos bastante grandes en la dirección correcta, especialmente desmontando la protección de los monopolios oficiales; las consecuencias inmediatas han sido impresionantes (incluso un aumento de más del doble en las compras de México a los Estados Unidos). La primera prioridad del nuevo gobierno del Brasil fue vender más de cien empresas oficiales improductivas, recargadas de empleados y que estaban perdiendo dinero. Y el espectro de la deuda externa que los paises latinoamericanos contrajeron cuando se hundió la economía de las materias primas ha desaparecido en gran parte: ha sido rebajada hasta quedar reducida a una ficción legal.
En otras palabras, la reacción de la América Latina no es ya una cuestión de economía, sino en gran parte de voluntad política. Por encima de todo, requiere la entereza necesaria para no claudicar - como claudicaron los gobiernos de la Argentina y el Brasil en 1988 y 1989 - ante la primera protesta de un grupo poderoso como los sindicatos o el ejército. Las cosas que hay que hacer serán al principio dolorosas e impopulares; pero a la vuelta de un año empezarán a producir resultados y a gozar de amplio apoyo popular.
Pero los Estados Unidos también tienen un papel crucial que desempeñar: suspender las bien intencionadas pero destructivas políticas que han venido poniendo en práctica durante los últimos cuarenta años. Es posible que la América Latina necesite préstamos relativamente pequeños y a corto plazo para suavizar los dolores de la transición. Pero las políticas favoritas de "ayuda" de los cuatro últimos decenios - ayuda de gobierno a gobierno; ayuda militar; préstamos del Banco Mundial - no deben continuar. A ellas se debe en gran parte la actual crisis del continente.

Prejuicio antiempresarial

Estas políticas fomentaron el gasto público. Pagaron el costo de infladas burocracias oficiales y establecimientos militares que en muchos países son, proporcionalmente, cuatro o cinco veces más grandes que en los Estados Unidos... y sin ninguna amenaza externa. Desviaron el capital de la inversión productiva a proyectos de prestigio" - fábricas de acero, por ejemplo -sin mercados locales y que, a su manera, no eran muy distintos de las monstruosidades de la planificación de Stalin. Sobre todo, todas esas políticas tenían un prejuicio antinegocios y antiempresarial. Continuarías sería como obligar a beber licor a un borracho.
Lo que la América Latina necesita de los Estados Unidos es comercio, no ayuda. Necesita apoyo para políticas que recompensen la empresa y descorazonen los monopolios y el proteccionismo, políticas que hagan hincapié en el ahorro y no en el gasto, y en el crecimiento económico más bien que en el crecimiento de la burocracia.
Y estas políticas también se necesitan precisamente porque los Estados Unidos necesitan de América Latina.

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